Cerca de las posadas

Publicado el Diciembre 24, 2008, Bajo texto, Autor Dasyatis.

En el neoliberalismo, el gobierno proteje la ineficiencia empresarial a costa del empleo e ingreso de los trabajadores.

Darío Arredondo

Estamos cerca de las posadas, aunque algunas de ellas aparecen de repente en la agenda presente de las anticipaciones etílicas de los que recibieron el aguinaldo el último día de noviembre. La disponibilidad de dinero se vuelve una tentación irresistible, mediada por los anuncios espectaculares y aquellos que no lo son, pero que su insistencia permite abrir boquetes al muro de contención que la prudencia ha puesto en estas vísperas navideñas, por donde se cuelan las compras urgentes y necesarias que la ocasión indica, gastando lo que se puede y hasta donde llegue.

Las vísperas derraman anticipadamente los dineros que el esfuerzo del año logró acumular con la precariedad de cada cual, con la limitaciones siempre presentes en un México que da la cara a la crisis poniendo la otra mejilla con estoicismo azteca, para ser golpeados una y otra vez, en una monótona réplica del martirio ciudadano que se escenifica desde los tiempos tempranos del neoliberalismo de guarache. “Al cabo pa’ morir nacimos”, afirma el folclore nacional, la ranchera propensión al suicidio como objeto de presunción de cabalidad y hombría, dejando de lado la autoestima y la visión de un futuro que debe labrarse hoy.

La aparentemente lenta depauperación de las capas más favorecidas dentro de la clase asalariada, permite la sensación de que el bache es menos grave, que las cosas se van a componer, que el empleo está firme, que las deudas no pasarán de límites manejables, que la temporada decembrina nos dará un respiro de amor y paz en medio del jolgorio de las posadas y el olvido etílico de la realidad que se recrudece en las finanzas personales. Pero esta lentitud es el efecto psicológico de un estatus que se lucha por conservar, pero que está cambiando cada día de manera preocupante, cuando nos damos cuenta de que ya no logramos comprar lo que antes con nuestro salario, que el dinero “vale menos”, que la inflación no se refiere necesariamente a la ingesta de líquidos espirituosos en el entorno social donde aparentamos una cierta dosis de éxito personal.

Aún con resistencia, terminamos por darnos cuenta de que las fuentes de empleo se cierran de un día para otro, que el empleo bien pagado en la industria automotriz se resquebraja con facilidad y alguien de “arriba” nos anuncia la nueva de que estamos cesantes. La globalización permite una vista en luneta numerada de sus efectos en la vida cotidiana de muchos; los recortes en los bancos hacen que las chicas bonitas que lo miran a uno con fría amabilidad desde las ventanillas, se convierta en la imagen del recuerdo cuando las bellezas maquilladas con escrupulosa rigurosidad salen de su entorno glamoroso para salir a la calle con currículo y foto reciente a buscar entrevistas y conocer la realidad de los departamentos de personal de aquí, allá y acullá.

La banca trasnacional, las empresas comerciales de diversos giros, repliegan su presencia por razones de estrategia de sobrevivencia, dejando al garete a trabajadores superfluos en términos de ahorro, así que el despido se vuelve justificado bajo la óptica del capital. Las familias bien pueden ajustar el cinturón hasta que haya un nuevo empleo, en tanto que las empresas no, porque son las que generan empleo y a nadie se le puede ocurrir arriesgar una fuente de trabajo por quítame estas pajas.

El gobierno, siempre solidario con las empresas, procura sofocar cualquier brote de intranquilidad para los inversionistas, convenciendo a los trabajadores de la inutilidad de estallar huelgas, que serán declaradas inexistentes para así demostrar su buena voluntad a los empresarios que sacrifican tanto para que México progrese. El ejército y las policías cumplen labores de alto impacto económico al hacerse presentes en las inmediaciones de las instalaciones en huelga, como una forma de recordar a los trabajadores que estamos en un régimen de derecha, que el gobierno sigue siendo de, por y para empresarios (Fox dixit), que la propiedad privada no debe sufrir por los errores cometidos por los propios capitanes de las trasnacionales, que un consejo de administración puede convertirse en una nueva agencia colonial cuando encuentra a un gobierno que lo permita, como es el caso de nuestro país, bajo el panismo empresarial.

A pesar de los anuncios de organismos internacionales como Cepal, sobre los efectos de la crisis en la región latinoamericana y al hecho de que el desempleo y la inflación corran alocadamente por la pista de la vida cotidiana, el gobierno aparenta tener control sobre los daños, saber lo que hace, seguir apoyando el libre mercado, atender con ojos absortos las instrucciones precisas de Washington y voltear para otro lado que no sea nuestra realidad, cerrar los ojos y oídos a las propuestas del sur del continente acerca de unirnos para sortear la crisis y emprender nuevos caminos para la América Latina.

La actual crisis se niega con los ojos y la mente oficiales, aunque la realidad golpee diariamente a muchos millones de ciudadanos en vísperas del día de la Virgen de Guadalupe y la carrera loca por las piñatas, espanta suegras, botellas y galones, botanas y cenas que refrenden nuestra mexicana alegría; priva la disposición contumaz al optimismo mestizo, al ocultamiento de la realidad por ser ésta fea e inconveniente, a la ladina manipulación de datos, al triunfalismo bobalicón que parece ser la constante en los discursos conmemorativos y en los pronunciamientos de una novedad que ya fue, que huele a rancio, que nadie cree ni desea oír.

El crédito está condicionado al margen de ganancia extraordinaria de los bancos, el robo sistemático y el hostigamiento al deudor son moneda de curso corriente, las altas tasas de interés corresponden a la nueva perspectiva colonial-financiera de las corporaciones extranjeras asentadas en México, la Meca de la sobreexplotación de las riquezas naturales y sociales del imperialismo en su versión kafkiana, porque es el gobierno el que protege hasta la ignominia el robo cotidiano del aparato crediticio y financiero que se vendió a precios de remate a inversionistas extranjeros como Citigroup, BBVA, Santander y HSBC. Así las cosas, el gobierno se encarga de hostigar a los trabajadores y proteger a los depredadores.

Las posadas están cerca, pero en cada hogar mexicano pesa la amargura de ser víctimas de un sistema excluyente, gobernado por una cleptocracia sin llene ni escrúpulos, atenida a la lacayuna condición de ser agentes del nuevo orden colonial en un sistema que ha fallado, que arrastra al mundo a la ruina cíclica, al colapso financiero producto de la avaricia y, por qué no decirlo, a su incapacidad intrínseca para generar progreso y bienestar para todos, ya que no considera la distribución del ingreso como una prioridad, sino la acumulación del producto social generado en muy pocas manos. Es como un borracho que administra una destilería.

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